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martes, 26 de marzo de 2013

SEMANA SANTA: ORACIONES DEL MIERCOLES SANTO


 
 

Miércoles santo: Judas traiciona a Jesús
 
Oración por la mañana
 
¿Por qué puerta puedo entrar para abrazarte, Dios?
Por la que está elevada sobre la tierra
y tiene forma de cruz;
por la puerta de un costado abierto,
rasgado por la lanza.
El que así está convertido en puerta absoluta,
 con su cuerpo desgarrado, nos atrae hacia ti.

Buscó la paz para nosotros.
Quitó la raíz amarga que nos hacía tanto daño:
 la muerte.

Nos puso en el plato de cada día otra comida:
 la de los hijos ya reconciliados y reunidos en su fiesta,
para escuchar la voz de quien nos convocaba.

Dios nos tuvo desde siempre inscritos
en el registro de su mismo fuego
y quiso siempre hacernos partícipes
de la plenitud de su amor.
Porque nunca habrá amor más grande
que el de dar la vida por aquellos a quienes se ama.
 
Estoy invitado a hacer lo mismo:
invitado a amar como he sido amado;
 invitado a dar mi vida por los hermanos.

Cristo mío, tú no te resistes ni te echas atrás
a la hora de cumplir esta misión de amarnos
hasta el extremo.

Ofreciste tu cuerpo todo
a quienes quisieron destrozarlo.
No te tapaste el rostro
para evitar los ultrajes que te hicieron.

El Señor era tu ayuda;
sabías con certeza que, con Él a tu favor,
no quedarías defraudado.

Tu sangre, que corrió abundante acusando,
pero a la vez fecundando la tierra,
purifica nuestra conciencia de las obras de la muerte
y nos prepara para presentarnos al Dios vivo.
 
Todo esto ya lo sé.
Y cada día, a través de esta oración reiterativa,
lo recuerdo y lo hago presente y deseo asimilarlo.
Pero no tengo que inventar cosas nuevas
para hablar contigo o para comunicar a mis hermanos, intentando quizás más que orar de verdad
lucirme ante los demás con este ejercicio diario,
pero vanidoso, de las entregas que les hago.


Lo has dicho todo ya con tu propia vida;
sólo tenemos que mirar y
 querer repetir con la nuestra
aquello que Tú fuiste para todos.
Debe ser una opción mía, de cada uno,
en libertad completa elegir ser imitador de Dios
y vivir como El en el amor.

Quiero vestirme con tus sentimientos,
para que a fuerza de repetir y repetir,
de recordar y recordar, lo que Tú eres
vaya insensiblemente acabando
con lo que yo soy antes de llegar a la fe y conocerte.
Y a fuerza de querer que me vivas,
llegue el momento de que ya no sea yo quien vive,
sino Tú en mí, mi Cristo.

Que como Pablo, pueda yo repetir
que para mí la vida es Cristo,
y una ganancia morir.
 
Por la noche:
 
Mis manos están extendidas hacia ti,
Dios de todos y más si cabe de los humildes,
como ofrenda agradecida.

Porque cuando repaso la historia de mi vida,
descubro que sigues siendo
el que acoge a cualquier hora,
al no saber nunca rechazar a quien a ti llega.

Eres misericordia que no se agota,
el Dios que nunca olvida su bondad
y mantiene su promesa para siempre.

La cólera no te pertenece;
es algo exclusivamente nuestro.

Entrañas de misericordia es lo que eres.
Hoy sigues realizando proezas, portentos,
hazañas de amor incalculables.

Me atas a ti con lazos de bondad;
me eliges como amigo y confidente.
Por la sangre de tu Hijo,
me haces entrar a una dulce intimidad contigo.

Comunicas a mis ojos la luz y la alegría
que Tú mismo eres.
Mis manos extendidas expresan todo eso:

¿qué dios es grande como nuestro Dios?
 
Tu poder es el perdón;
por eso te sobran todos los ejércitos,
policías o tribunales constitucionales.
Tu brazo nos rescata con la vida,
jamás con la fuerza de la violencia,
algo también exclusivamente nuestro.
 
Sólo en ti descanso y tengo paz;
sólo de ti viene mi salvación;
sólo Tú eres la roca de mi esperanza.
Déjame, Señor,
estremecerme ante lo que eres.
Permíteme, a pesar de los nubarrones
que ensombrecen mi vida,
permíteme arrodillarme
y desahogar en ti mi corazón.
 
Pueda adorarte y acogerte para que me des la vida,
y sepa agradecerte con toda el alma
el que hayas hecho a Cristo para mí,
para nosotros, para todos sabiduría,
justicia, santificación y redención.
 
Y que por Él, por su sangre,
hayamos recibido el perdón de los pecados.
 
Por Él nos has reconciliado,
y has hecho la paz por la sangre de su cruz.
Reflexión sobre la Pascua:
 
Llega la hora, tu propia hora, tu esperada hora.
Esta pascua debe ser la hora del encuentro c
on tus interrogantes inquietantes.
La hora de la decisión,
la hora de decidir en libertad un camino u otro,
la hora de optar por Él y testimoniar con tu vida
la esperanza de la resurrección.
No podemos detener las agujas del reloj,
ni podemos silenciar lo ecos de las campanadas
que nos gritan que es la Pascua del Señor
y nuestra propia Pascua.

No podemos dejar pasar nuestra propia hora.
 
La agonía de Jesús nos enseña muchas cosas.
Lo más importante
es que no nos escandalizamos de la noche.

También Dios habita en las tinieblas.
Si Jesús pasó por ella, todos podemos pasar.
Todos podemos sentir la duda y el vacío,
el miedo y la tristeza, la rebeldía y la desesperación.
A todos nos está permitido llorar y gritar:
“Líbrame de esta hora”,
no quiero este fracaso o esta enfermedad,
o este camino que me señalas,
no sé por qué tengo que cargar con esta cruz
o aceptar esta muerte.

Y puede llegar un momento
en que no encuentres sentido a tu vida,
a tu trabajo, a tu familia.
Pues llora y quéjate.
Pero deja abi la puerta a la esperanza,
aunque sea de noche.

Ora al Padre que,
aunque no lo veas,
está ahí a tu lado.
ORACIÓN:
 
Padre nuestro, Padre de todos,
líbrame del orgullo de estar solo.
No vengo a la soledad cuando vengo a la oración,
pues sé que, estando contigo,
con mis hermanos estoy;
y sé que, estando con ellos,
tu estás en medio, Señor.
No he venido a refugiarme dentro de un torreón,
como quien huye a un exilio de aristocracia interior.
Pues vine huyendo del ruido,
pero de los hombres no.
 
Allí donde va un cristiano no hay soledad, sino amor,
pues lleva toda la Iglesia dentro de su corazón.
Y dice siempre “nosotros”, incluso si dice “yo”.

 
ORACIÓN MIÉRCOLES SANTO (noche)

“Es la hora de Jesús, es tu hora”
 
“HA LLEGADO LA HORA”
 
Monición
 
 El Evangelio está lleno de expresiones
que hacen referencia a la “hora”:
“la hora ya ha pasado”,
“Si el dueño supiera a que hora”,
“No sabéis ni el día ni la hora”,
 “¿No has podido velar una hora conmigo?”,
“De aquel día y hora nadie sabe nada”,
“Llega la hora en que ni este monte…”,
“Desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”,
“Esta es la hora del poder de la tinieblas”…
 
Jesús nos habla en otros muchos textos de la “hora”
para decirnos que ha llegado el momento
decisivo de su vida:
 
“Mujer todavía no ha llegado mi hora”
“Cuando llegó la hora, se puso a la mesa…”
“Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre
va a ser entregado en manos de pecadores…”
“Ha llegado la hora de que sea glorificado
 el Hijo del hombre”
No es una hora de reloj,
sino de tiempo extraordinario
en que todo llega a sazón.
Todo: las tinieblas y la luz; el odio y el amor;
 la justicia y la injusticia; la muerte y la vida…
No es extraño, pues,
que Jesús la temiera y la deseara.
Escuchamos sus propias palabras:
 
LECTURA DEL EVANGELIO
 
Había unos griegos que habían subido para los cultos de la fiesta. Se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea y le pidieron:
 
Señor, queremos ver a Jesús.
 
Felipe se lo dijo a Andrés y ambos fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contesta:
 
Ha llegado la hora de que este Hombre sea glorificado. Os aseguro que, si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda él solo; si muere, da mucho fruto. El que se aferra a la vida la pierde, el que desprecia la vida en este mundo la conserva para siempre. Quien me sirva que me siga, y donde yo estoy estará mi servidor; si uno me sirve, lo honrará el Padre. Ahora mi espíritu está agitado, y ¿qué voy a decir?, ¿Qué mi Padre me libre de este trance? No; que para eso he llegado a este.
 
“Padre, da gloria a tu nombre”.
 
ORACIÓN: Salmo de la “Hora”
 
Llegó para ti, Jesús, la hora deseada
tuviste que dar el paso decisivo;
tuviste que pasar por el infierno:
la noche y el dolor, la soledad y la derrota;
tuviste que beber el cáliz más amargo.
 
Y tú, Jesús, te echaste a temblar,
te desplomaste. ¡Todo resultaba tan difícil!
¿Y quién te aseguraba el éxito final,
el fruto de tanto sacrificio?
¿Por qué tenía que ser así?
¿Quién te metía en esta empresa?
Y tú, Jesús, te echaste a llorar,
Lágrimas de angustia, sin consuelo;
cada lágrima una duda, una pregunta,
cada lágrima un montón de sufrimientos;
y cada lágrima una súplica,
intensa, doliente, interrogan.
 
Y el Padre te escuchó, haciéndose presente:

“No tienes, Hijo, nada que temer.
Yo estaré contigo en tu dolor.
Yo seré tu fuerza y tu consuelo.
Yo recogeré tus lágrimas, tu sangre.
Yo guardaré tu espíritu, tu vida,
que es lo más santo y más valioso para mí.
No habrá nada, Hijo mío,
no habrá nada, te lo juro,
que pueda separarte de mi amor”
 
Ya pasó la noche y la tormenta.
Huyeron las tinieblas con sus príncipes.
La calma retornó a ti.

Fue la “hora” de la gracia.
Aprendiste, sufriendo, a obedecer,
sufriendo hasta el fin, hasta la muerte.
Obedeciendo.
Y en tu obediencia aprendiste a sufrir,
obedeciendo hasta el fin, hasta la muerte.
Sufriendo aprendiste también a amar,
sufriendo en la obediencia,
obedeciendo hasta el fin, hasta la sangre,
amando como un Dios,
hasta la muerte.
 

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